¿Quién es Sta. Genoveva Torres?

Santa Genoveva Torres Morales, Virgen y fundadora.

Canonizada en la Plaza de Colón de Madrid por S. Juan Pablo II el 4 de mayo de 2003.

Genoveva Torres Morales nace el 3 de enero de 1870 en Almenara, pueblo de la provincia de Castellón (España). Sus padres, José y Vicenta, eran personas sencillas y cristianas, que han visto bendecido su matrimonio con seis hijos. Genoveva es la más pequeña. Fue bautizada el 4 de enero y, a los diez años, mezclada con las gentes del pueblo, recibe la primera comunión.

Influirá decisivamente en su futuro, la muerte de sus padres, quedando huérfana a los ocho años, con su hermano José, por el fallecimiento de los otros cuatro.

Comenzaba una nueva etapa para Genoveva. Hasta entonces acudía a la escuela, donde recibió una instrucción elemental como manifiestan sus escritos. Destacó especialmente en las labores de bordado. Convertida después en ama de casa hubo de dejar la escuela. Lo que ciertamente no abandonó nunca fue la catequesis parroquial. En aquella soledad, la lectura de algunos libros piadosos de su madre, la asistencia dominical a la catequesis y sus infantiles reflexiones le llevaron a sentir una fascinación por Dios y por hacer su voluntad.

Amputación de su pierna izquierda

El cúmulo de trabajos y de privaciones fue minando su salud. Cayó enferma. No se dio importancia a su gravedad hasta que hizo aparición un tumor, que el médico diagnosticó de maligno. El dolor era tan irresistible que en ocasiones perdía el conocimiento. Pasan ocho meses que para la niña fueron un calvario. Lo resiste con valentía sirviéndole de consuelo los dolores que padeció Jesús en la Cruz.

La pierna se cubrió de llagas y se habló de amputar. El hermano y familiares aceptaron la operación ya que era la única manera de localizar la gangrena. La operación se llevó a cabo y gracias a la intervención se salvó la vida de Genoveva.

Fueron muchos los momentos en que el dolor llegó a cimas elevadísimas. Pero poco a poco fueron aliviándose sus dolores.

Siempre, hasta su muerte a los 86 años de edad, se verá acompañada de sus inseparables muletas.

Aquella niña decidida y bulliciosa de los primeros años, ya no correteaba como las demás niñas de su edad. Transcurre el tiempo y su hermano queda viudo y Genoveva, a pesar de sus dolencias, se hace cargo plenamente del hogar, seguía haciendo los oficios, limpiando el piso y lavando la ropa, todo lo quería tener bien limpio y esto hacía feliz a su hermano.

Le ocurrió una vez un caso curioso. “Como era costumbre en el pueblo cuando se acercaban las fiestas, las mujeres solían blanquear las fachadas y el interior de la vivienda. Ella no podía hacer menos. Sin pedir ayuda a nadie, fue y se compró cal para enjalbegar las paredes. Como puede se sube a una silla y empieza a blanquear el techo. Oye que llaman a la puerta. ¡Entre! le dice al visitante, sin bajarse de donde estaba. Cuál no sería su sorpresa al ver que entra un sacerdote, amigo de la familia, que venía a verla. Se queda éste espantado al darse cuenta del peligro que corría la muchacha si por acaso se cayera de la silla. ¿Cómo haces eso? le dice. Porque quiero tener la cocina limpia, le contesta ella; y lo hago también porque el jornal de una persona me llevaría seis reales o dos pesetas. Se compadeció el sacerdote y se las dio, pero no sin antes advertirle: bájate en seguida y haz que otra persona termine el trabajo. Se bajó Genoveva y cuando se despidieron, viendo que ya tenía el trabajo medio hecho, lo terminó por su cuenta. Cogió el dinero y se lo dio a unos pobres que sabía lo necesitaban”.

Acababa apenas de cumplir los quince años y ya aparentaba ser una mujer seria y responsable. Fuera de su casa y de la atención a su hermano, nada contaba para ella. Si estaba sola se dedicaba a rezar y a leer libros espirituales que habían quedado de su madre.

Fue en 1885 cuando tuvo una caída fulminante; el cuerpo se le llenó de llagas y no podía, sino a base de fuertes dolores, hacer el más mínimo movimiento. Tuvo que guardar otra vez cama. Su hermano se había vuelto a casar y a la nueva esposa no le gustaba tenerla en casa y menos cuidar de una invalida.


En la “casa de misericordia”

Por circunstancias familiares fue internada en el orfanato “Casa de Misericordia” de Valencia, conducida por las Carmelitas de la Caridad. Esta etapa en la Casas de la Misericordia iba a suponer un importante progreso en su vida espiritual. Llegaba allí con un importante bagaje interior, aunque poco ilustrado. Sentía una especial devoción a la Eucaristía, al Sagrado Corazón, a la Virgen María y los Santos Ángeles.

El sufrimiento marcó con fuerza los primeros quince años de la vida de Genoveva. Las personas que siguieron de cerca el mal de su pierna testimoniaron como aquella niña, en medio de sus dolores se acordaba de Jesús Crucificado y todo lo ofrecía por la salvación de los pecadores. Había calado hondo en el misterio del dolor y del sufrimiento humano.


Buscando la voluntad de Dios

Después de nueve años de estancia en la Casa de Misericordia, que supuso un entrenamiento y experiencia de vida espiritual, ayudada por su director Don Carlos Ferrís, más tarde Jesuita y Fundador de la Leprosería de Fontilles, solicitó su ingreso como religiosa en las Carmelitas de la Caridad. Su cojera fue considerada un obstáculo para ser admitida. Genoveva no intentó pedir el ingreso en ninguna otra Congregación. Sin embargo, no dejó de buscar la voluntad de Dios sobre su vida.

Intuyó un acuciante problema que aquejaba a la mujer de comienzos de nuestro siglo XX: la soledad. Situación dolorosa, difícil y delicada de tantas señoras que se quedaban sin hogar, bien por fallecimiento del esposo o matrimonio de los hijos; o de aquellas otras que, al perder su familia, quedaban en abandono ante una sociedad que las ignora y las minusvalora.

Deja el orfanato y comienza a vivir con dos compañeras: Isabel y Amparo que se iban a convertir en una pesada cruz para Genoveva, ayudándose para su sustento del trabajo de costura, y alimentando su espíritu con actos de piedad en común, sobre todo con la adoración a Jesús Eucaristía.


Fundación de la Congregación

En 1911, la voluntad de Dios se va a manifestar de una manera más concreta y definitiva. El canónigo Don José Barbarrós, al que habían acudido algunos años antes, les expuso el problema de algunas señoras y señoritas, unas veces solas otras abandonadas, siempre cargadas de sufrimiento. Consultan al Padre Martín Sánchez S.J., director espiritual de las tres compañeras, que da su aprobación al proyecto. La misión sería ofrecer un nuevo hogar a mujeres solas, aportando la pensión que pudieran. Pero Genoveva no olvidó su antiguo anhelo, por lo que el carisma a desarrollar iría unido a la adoración nocturna de la Eucaristía.

Desde su salida de la Casa de Misericordia en 1894 hasta 1911, la vida de Genoveva se podría comparar a una peregrinación por el desierto en busca de la voluntad de Dios.

El 2 de febrero de 1911 se inauguró la primera casa en Valencia con cuatro residentes. Genoveva, que fue nombrada Directora de la Casa, se sentía un estorbo que debía desaparecer para que fructificara la Obra, sentimiento continuo a lo largo de su vida, porque según ella se necesitaba “un gigante de mujer con corazón de hombre”.

Paulatinamente crecen las fundaciones, al ritmo que las vocaciones van surgiendo. A partir de diciembre de 1912 visten con hábito característico. En 1915 comienzan a consagrarse a Dios con votos privados. Se habían elaborado unos Estatutos conteniendo el núcleo de lo que sería el futuro Instituto Religioso.

El 5 de diciembre de 1925 se promulgaba el Decreto por el que la Sociedad Angélica quedaba erigida en Instituto religioso diocesano, y el 18 de diciembre el Arzobispo de Zaragoza recibía personalmente la profesión religiosa de Genoveva y de sus 18 compañeras. Dos días después es nombrada Madre General del Instituto, con sede Generalicia en Zaragoza.


Entrañas de iglesia en una obra que no cesa

Se acercaban momentos difíciles como consecuencia de la persecución religiosa en el año 1931. No obstante, la actividad de la Madre Genoveva iba a presentar facetas nuevas, especialmente como maestra y guía espiritual del nuevo Instituto Religioso. Escribe una Carta Circular tratando de inflamar a sus miembros en el seguimiento de Cristo. Cuando en 1936 estalla la guerra civil española se celebraron las Bodas de Plata de la Fundación con gran mesura.

En la Casa de Valencia pudieron dar protección a otras personas, no sólo a miembros de Congregaciones religiosas, sino también a grupos de seglares, pudiendo incluso tener el Santísimo Sacramento. La Madre Genoveva nos enseña a tener corazón abierto para todas las personas y actividades de la Iglesia.

Acabada la guerra, la Madre Genoveva animó a sus Hijas para recuperar las Casas perdidas durante el conflicto, y así, al poco tiempo ya estaban funcionando de nuevo las seis Casas de la Sociedad Angélica, aunque con bastantes dificultades.

A pesar de su avanzada edad, la Obra de la Madre Genoveva no cesaba. Su actitud de servicio a los demás no envejecía, porque el amor es más fuerte que la enfermedad y la muerte. La Madre Genoveva pasaba sus años con una actitud de servicio, no sólo hacia las mujeres solas, sino también hacia las Religiosas Angélicas de las que era Madre General. Si Cristo se había hecho servidor de los hombres, ella no concebía otra forma de seguimiento que la la imitación de esa actitud del Señor.


Una vida que se transforma

A partir de 1950 se percibe una pérdida de fuerzas en su actividad, pero el Instituto sigue su desarrollo con nuevas fundaciones. En estos años nada debió agradar más a la Madre Genoveva que la cesión por Roma del “Decretum Laudis”que tanto deseaba. Adquiría así su Obra carácter pontificio universal, pasando a denominarse desde entonces “Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Santos Ángeles”. Fue dado en Roma el 25 de marzo de 1953.

En el cuarto Capítulo General de 1954, Dios retiraba de sus manos lo que un día le había confiado. Al igual que supo gastar su energía para poner en marcha y extender el Instituto Religioso, ahora supo convertirse en religiosa respetuosa y obediente a la Madre General.

Durante el año 1955 sus fuerzas se debilitaron notablemente. A primeros de diciembre su estado se agravó. Sólo el día de la Inmaculada pudo asistir a Misa. Durante la Navidad empeoró y el día 30 sufrió un ataque de apoplejía. Se le administró la Unción de Enfermos. Se repuso y exclamo: “Hágase, Señor, vuestra santa voluntad”. Del 3 al 4 de enero su estado empeoró y a las nueve de la mañana del día 5 la Madre Genoveva entró en estado de coma. Esa misma tarde del día 5 de Enero de 1956 en la Casa Generalicia de Zaragoza, la Madre Genoveva deja este mundo para encontrar a su Señor.

La noticia corrió por la ciudad y se formaron largas filas ante su cuerpo expuesto para rezar y encomendarse a la Madre, pasar por sus manos objetos piadosos y darle el último adiós. La consideraban como una verdadera santa.

Los restos mortales de la Madre Fundadora de las Religiosas Angélicas fueron depositados en una cripta que se construyó bajo el altar mayor de la Casa Generalicia. En diciembre de 1994, y como acto preliminar a su beatificación, los restos de la Madre Genoveva fueron trasladados a la nueva capilla donde reposan bajo su altar y la cual puede ser visitada por cuantas personas lo deseen.